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Sáb, Oct

LIBERACIÓN, GUÍA, MISIÓN

Comunión Anglicana
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Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga, Presbítero de la IERE.

Como se ha dejado buena constancia de ello en numerosas ocasiones y por diversos autores, el libro del Éxodo contiene, tanto en su material épico-narrativo como en su documentación puramente legal, los lineamentos generales de todo el pensamiento central veterotestamentario, los puntos básicos de su teología salvífica, podríamos decir, de modo que algunos especialistas no han dudado en tildarlo de el Evangelio del Antiguo Testamento. Sin duda que así es para lectores y estudiosos cristianos de este peculiar escrito. Incluso los especialistas judíos de nuestros días destacan en él idénticas claves, aunque a veces les atribuyan un significado un poco distinto, no forzosamente mesiánico.

Sea como fuere, uno de los pasajes capitales de esta obra, y de los que mejor resumen su esencia fundamental, se halla en el capítulo 19, versículos 2-8, la conocida perícopa en la cual el pueblo de Israel se acerca al monte Sinaí y Moisés asciende hasta la cumbre para encontrarse con Dios. Obviando los detalles que recoge sobre topografía de aquellos lugares o las subidas y descensos de Moisés, si fijamos nuestra atención de forma especial en los vv. 4-6, comprobaremos que en ellos se recogen las palabras dichas por el Señor y transmitidas por el hagiógafo para testimonio perpetuo del propósito divino en lo referente a su pueblo. Y en ellas hallamos, desde luego, algo más que una simple declaración circunstancial para aquel momento. Dios habla así:

Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel. (RVR60)

Son cuatro los puntos que, con una simple lectura, podemos destacar de una declaración semejante.

El primero de todos es LA INDISCUTIBLE SOBERANÍA DE DIOS A LO LARGO DE TODA LA TRAMA NARRADA. El Antiguo Testamento, más aún, el conjunto de la Biblia, proclama al Dios de Israel, que más tarde se revelará plenamente en la persona y la obra de Cristo, como soberano absoluto del mundo y de los hombres, es decir, de la Historia. En este sentido, la declaración lapidaria: mía es toda la tierra (v. 5) así lo confirma. Frente a los dioses de los pueblos circundantes del Creciente Fértil, divinidades de suyo estrictamente locales, vinculadas a lugares y santuarios muy concretos, o como mucho de ámbito nacional, el Dios que sale al encuentro del hombre en primer lugar, y de Israel más concretamente, proclama su autoridad incuestionable sobre todo cuanto existe. Por si ello fuera poco, las palabras recogidas en el v. 4: Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, colocan un broche de oro de difícil contradicción a todo cuanto acabamos de afirmar. Israel ha sido testigo privilegiado de las enormes manifestaciones de poder de su Dios frente al a la sazón todopoderoso Imperio de los faraones y sus deidades. No solo ha sido el poder opresor de la monarquía egipcia, sino la autoridad de sus dioses ancestrales lo que ha sido puesto en entredicho por la acción del Dios de Israel. Las plagas narradas en los primeros capítulos del Éxodo, como han comentado con acierto exegetas de renombre, han supuesto un estruendoso varapalo para las divinidades vacías e impotentes del país del Nilo, que no han podido proteger al pueblo que las adoraba ni al aparato estatal que parecía encarnarlas. En esos dioses egipcios vencidos podemos hallar a cualquier otra divinidad de no importa qué latitud o condición. Ningún dios, por hermoso o fuerte que parezca o se diga que lo es en su mitología respectiva, por vinculado con un lugar o un pueblo concreto que se lo considere, es nada frente al Señor de Israel. A lo largo de todo el Pentateuco y del conjunto del Antiguo Testamento, hagiógrafos, sacerdotes, profetas y sabios, recordarán de continuo la liberación de Israel de la opresión egipcia como evidencia incuestionable e irrebatible del poder absoluto de Dios sobre todo cuanto existe. Y ello dará pie al   

Segundo punto que nos propone nuestro texto, LA IMAGEN DEL DIOS DE ISRAEL COMO ESENCIAL Y FUNDAMENTALMENTE LIBERTADOR. Algunos estudiosos han apuntado al hecho de que la disposición actual de los libros de la Biblia en su edición definitiva, la que leemos en nuestras versiones al uso, pudiera quizás falsear un tanto nuestra apreciación de cómo concibió el antiguo Israel a Dios. El hecho de que, nada más abrir el Antiguo Testamento, nos topemos con el llamado Primer Relato de la Creación, lo que leemos en Génesis 1 y los primeros cuatro versículos de Génesis 2, ha propiciado que muchos creyentes sinceros piensen en el Dios Creador del universo como la primera noción que los antiguos hebreos tuvieron de su Señor. En el día de hoy, ningún círculo exegético serio, cristiano o judío, pone en duda que la redacción-composición de los Relatos de la Creación (Génesis 1 y 2), el llamado Relato de la Caída (Génesis 3) y el resto de los once primeros capítulos del Génesis o Historia de los Orígenes —lo que llaman Primeval History quienes gustan de mencionarla por su nombre inglés— resulta más bien tardía, una reflexión a posteriori de los círculos sacerdotales de Israel en relación con los mitos mesopotámicos de los orígenes del mundo, a los que responden de manera magistral con esta Historia, verdadera obra de arte, no solo por su elevado contenido poético y la belleza sin par de sus imágenes, sino, y sobre todo, también por sus tonos teológicos insuperables. Dicho de otro modo, el Dios Creador del universo, fue la última de las facetas divinas que Israel intuyó en su proceso de descubrimiento de aquel a quien adoraba, o si lo preferimos, en su proceso inspiracional a la hora de ir componiendo las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento. El primer enfoque de Israel en relación con su Dios fue como Libertador, como Redentor. Dios es aquel que sale al encuentro de su pueblo con la intención de rescatarlo de una situación trágica, algo que, según dicen ciertos eruditos, viene también comprendido en el significado más profundo del misterioso Tetragrámmaton o nombre sacrosanto YHWH (Éxodo 3, 14-15), “el que es (para ayuda o para liberación)”. El Dios de los ancestros de Israel, Abraham, Isaac y Jacob, se revela a Moisés y a la nación descendiente de los clanes patriarcales que se instalan en Egipto hacia el siglo XVII a. C. como alguien que ejerce su poder y su autoridad omnímoda precisamente en su repulsa a la tiranía y la opresión, en su deseo de libertad para los aplastados. En ningún momento se siente el Israel veterotestamentario impulsado a especular sobre la esencia escondida de su Dios; eso lo harán, siglos después, los teólogos sistemáticos cristianos, y más impelidos por su bagaje filosófico que por imperativo de las propias Escrituras. Corresponderá a la teología posterior “el estudio de Dios”, con lo que sin duda se enriquecerá el pensamiento de los creyentes. Los hebreos de tiempos del Antiguo Testamento entenderán a su Dios básicamente como un Redentor y un Libertador todopoderoso. El Nuevo Testamento plasmará para siempre esta imagen divina con un colorido especial a partir de las enseñanzas y los hechos de Jesús de Nazaret, en quien Dios llevará a su culminación el plan salvífico para todos los seres humanos. Si la omnipotencia divina queda bien patente en los relatos del Éxodo por la constatación de un pueblo rescatado de una terrible tiranía, mucho más arraigada se muestra en la mente de los creyentes a partir de la Cruz del Calvario. En consecuencia,

El tercer punto nos muestra a DIOS COMO GUÍA DE SU PUEBLO. Dios rescata a Israel de Egipto, leemos en los relatos del Éxodo, para guiarlo por el mar Rojo y el desierto hasta un punto de destino muy especial. La imagen de las alas del águila que emplea nuestro pasaje es de por sí harto reveladora: la guía divina es segura, es firme. Dios conoce el camino por el que su pueblo ha de transitar, y nunca lo deja solo. La historia posterior narrada en los libros sacros está impregnada de la idea de un Dios que va en todo momento señalando el camino, aunque no siempre se le preste la debida atención. Dios guía cuando el pueblo es obediente y cuando no lo es, cuando Israel recibe de buen grado lo que su Señor le señala y cuando lo rechaza. Hay quien ha dicho que la historia narrada en la Biblia es la de un camino que alguien muestra y otros siguen. Lo cierto es que la presencia divina es siempre una realidad en la Historia de la Salvación, y que en ningún momento los creyentes carecemos de la guía del Dios de Israel. Y el hecho de que nuestro texto aluda claramente a una ruta ardua en medio de una tierra de difícil acceso, incide en la realidad del Dios que libera y conduce, aquel que se hace más patente que nunca en medio de las dificultades. Aunque no se menciona en todo este pasaje el término fe, de sabor tan neotestamentario, tan evangélico en el más puro sentido de la palabra, bien podemos afirmar que se trata de un concepto implícito en la narración. Israel es llamado a lo largo de todo el libro del Éxodo, desde que se le anuncia por vez primera que su Dios ha escuchado sus lamentos, hasta que se erige el tabernáculo en el cual la Divina Presencia hace su morada en medio de su pueblo, a un camino de fe, a una vida de fe, sin la cual resulta inconcebible toda su experiencia vital con su Redentor. Y ello alcanza su culminación cuando,

En el cuarto y último punto, DIOS DESEA QUE SU PUEBLO CUMPLA CON UNA MISIÓN SAGRADA. Especial tesoro, indica el v. 5 como propósito divino para con Israel. El v. 6 aún se muestra más explícito: Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. No incidiremos demasiado en ello, pues ya lo hemos hecho con anterioridad en algún otro artículo. Nos limitaremos a apuntar que Dios, desde el primer momento en que se inicia con el patriarca Abraham la Historia de la Salvación (Génesis 12, 1-3), muestra una mirada de alcance universal en lo referente a la bendición y redención del género humano, nunca exclusivista. Incluso la elección de la simiente patriarcal, es decir, Israel, como pueblo especial tiene, en el propósito divino, un alcance diametralmente opuesto al penoso nacionalismo judío que hallamos en los libros de Esdras y Nehemías, con su carga xenófoba correspondiente, que cierra las puertas del Reino de Dios a cuantos no forman parte de su etnia. El Israel rescatado por Dios en el Éxodo, y guiado por el Todopoderoso hasta las estribaciones del Sinaí, estuvo llamado a ser un pueblo sacerdotal, vale decir, intercesor ante el Señor por todos los demás. Solo así se entiende lo de gente santa. La verdadera santidad carece de sentido en las Escrituras si no se concibe en función de los demás. Nadie es santo para sí; tal estado solo es posible cuando el horizonte abarca al resto de la gente, al resto del mundo. La elección divina, que andando el tiempo se convertiría en una de las doctrinas distintivas de ciertas facciones de la Reforma, y que sigue considerada como uno de los pilares inamovibles de la llamada Teología de la Gracia, es un hecho en los arcanos inabordables de Dios, y conlleva siempre un alcance panhumano. Quienes tenemos conciencia de esa elección, hemos también de tenerla en relación con el servicio al género humano al que estamos llamados. Cuando Dios aparta a alguien, lo consagra para ministrar a los demás aquellas bendiciones que él desea derramar sobre el conjunto de nuestra gran familia.

 

Llegados a este punto, nos corresponde, si somos honestos con el texto y con nosotros mismos, reconocer el estruendoso fracaso de Israel ante las bendiciones divinas para él preparadas. Por más que leamos en el último versículo de la perícopa aquello de Haremos todo lo que Jehová ha dicho, la realidad es que el pueblo de Moisés no estuvo a la altura de lo que se esperaba de él. Podríamos intentar disculparlo, humanos que eran (¡y que somos!), diciendo que su tormentosa historia, las dificultades de la marcha por el desierto, la ardua conquista de Canaán, todo contribuyó a hacer de los hebreos un pueblo orgulloso e insolidario para con las necesidades de los demás. Podríamos, ya adentrados en tal laberinto, intentar disculpar también el desgraciado espíritu aislacionista y exclusivista de ciertos sectores del cristianismo que se creen elegidos y únicos. Pero lo cierto es que tanto unos como otros fracasaron, o han fracasado, o siguen fracasando, no ya en cumplir, sino en entender el propósito de Dios. Es un privilegio ser un pueblo sacerdotal. Israel debió haberlo sido; la Iglesia lo es, ha de serlo (1 Pedro 2, 5.9), pero no con exclusión del resto, sino para su servicio, para interceder por ellos, para presentar por ellos el sacrificio correspondiente e impetrar sobre ellos la Gracia misericordiosa de Dios. El Señor solo elige con un propósito deliberado de salvación para todos en Cristo, y es ahí donde la Iglesia del siglo XXI ha de estar presente.