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Sáb, Oct

SENTIMIENTOS ENFRENTADOS

Comunión Anglicana
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Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga, Presbítero de la IERE

Ya se prepara. Mejor dicho, ya lo tenemos aquí, como cada año. Del viernes 23 de junio al domingo 2 de julio, se celebra el World Pride 2017 en Madrid, o lo que es lo mismo, la gran fiesta mundial del Orgullo LGBT, cuyos escenarios principales se hallarán, como suele ser habitual, en el conocido barrio de Chueca y algunas de las arterias más destacadas de la capital de España. Un gran festival cuya finalidad es, según sus promotores, celebrar, debatir y mostrar la diversidad. El acto central consistirá en la Manifestación Mundial del Orgullo LGBT, la más grande del planeta. Fastos de esta envergadura no solo llaman la atención de los diferentes medios de comunicación, nacionales o extranjeros, sino que suscitan debates y, lo que es peor, sentimientos encontrados, no siempre demasiado positivos, en distintas capas sociales y en diversos círculos ideológicos.

Lo hemos dicho muchas veces en el ámbito familiar o entre amigos; ahora lo decimos alto y claro por medio de la página escrita: deben ser muchos los directamente atañidos por estas cuestiones que no se deben encontrar nada cómodos ante tales manifestaciones públicas. Más aún, que ni tan solo se sienten representados por toda esa parafernalia ruidosa y de colorido decadente, pues más pareciera beneficiar a ciertas figuras públicas desesperadamente necesitadas de votos que a ningún conjunto humano concreto. La manera en que estos colectivos LGBT se hacen presentes durante estos días puede llegar a entenderse más como una simple provocación que como una manifestación seria a favor de la reivindicación de una diversidad que es real y que, pensamos, habría de darse a conocer de formas menos agresivas, menos hirientes para la sensibilidad popular. Siempre es fácil, no obstante, dirá el amable lector, emitir juicios negativos cuando no se vive de cerca el problema. Sin duda, pero insistimos, estas celebraciones, que por circunstancias hemos visto muy de cerca dos veces seguidas, en años consecutivos, y en Madrid, presentan unos tintes reivindicativos que tienen demasiadas veces más de reto insolente a los valores tradicionales de la sociedad que de exposición clara de una realidad y de los derechos inherentes que tienen, como personas humanas, quienes se engloban dentro de estos grupos representados por las siglas LGBT. Sinceramente, ojalá tengan los LGBT en años futuros mejores asesores de imagen o mejores amigos, en realidad, que les ayuden en la formulación de sus propuestas y de sus peticiones. Hasta ahora, desgraciadamente, no se ha visto que los hayan tenido de verdad.

Ofensa abierta a la sensibilidad social de una cultura en la que, dígase lo que se quiera, la familia compuesta por padre y madre, juntamente con sus hijos (la así llamada familia tradicional), es la base y la que debe de ser protegida, en primer lugar, por las instituciones públicas. Es lo que hoy por hoy nos parecen ser estas manifestaciones. Lástima.

Pero aún hay algo que se nos antoja mucho peor, mil veces peor en realidad, y es la reacción visceral, y demasiadas veces irracional, que la situación de las personas LGBT —sin necesidad de que se manifiesten en estas ocasiones concretas del calendario— parece generar en ciertos sectores del cristianismo contemporáneo, más concretamente en el mundo “evangelical”, si se nos permite este crudo anglicismo, y en sus vertientes más fundamentalistas —más sectarias, llamándolas por su nombre—, que, Biblia en mano, se dirían empeñados en una especie de cruzada de exterminio contra estas personas, cuya diversidad de ningún modo quieren aceptar.

No hay más que acudir a cualquier red social o a cualquier publicación de este tipo de grupos, digital o no, para comprobarlo. Vuelan anatemas y condenas salpicados de citas de las Sagradas Escrituras, escogidas y mencionadas (¿o quizás habría que decir mejor, manipuladas?) con más odio que discernimiento, con la pretensión de defender una moral cristiana tradicional frente a lo que algunos de ellos ya consideran una manifestación de poder demoníaco en el mundo. Cuando hay que acudir al demonio para justificar una actitud determinada, mala cosa. Huele a chamusquina. O peor aún, a podredumbre.

Sintiendo mucho tener que expresarlo en estos términos, todo ello se nos antoja el más puro fariseísmo, una hipocresía insultante para quienes, por profesión de fe personal y por dedicación ministerial, nos llamamos discípulos y seguidores de Cristo. Nos basta con señalar dos razones.

En primer lugar, emplear la Santa Biblia, la así considerada por el conjunto de la cristiandad como Palabra de Dios revelada a los hombres, a guisa de martillo (¡o de bomba nuclear!) contra seres humanos, muchos de ellos también cristianos de convicción, se quiera reconocer o no, es una actitud irreverente rayana en la blasfemia, amén de una crasa ignorancia en relación con lo que los textos sacros comunican realmente. Las Sagradas Escrituras, que evidentemente condenan el pecado humano, es decir, el error humano y la tendencia innata de todos los hombres a alejarnos del Creador, desconocen por completo lo que hoy designamos como LGBT, conceptos que no existían en las épocas en que fueron redactadas, y tienen como hilo conductor el mensaje de esperanza del Reino de Dios manifestado plenamente por medio de los Evangelios en la enseñanza y la persona de Cristo, un reino al que TODOS sin excepción estamos invitados a entrar, en el que hay sitio para todos los seres humanos. Difícilmente imaginaríamos a Jesús enarbolando una biblia y profiriendo maldiciones, en nombre de la moral, contra estas personas LGBT por el hecho de ser distintas a los demás, o por vivir una realidad psíquica diferente de la que vive la mayoría y que, dígase lo que se quiera, ellas mismas no han escogido deliberadamente.

En segundo lugar, supone una vergüenza y una total indignidad que quienes se autointitulan defensores de la moral cristiana no manifiesten la misma saña contra situaciones injustas muchísimo más graves, harto más inmorales, que la realidad de los grupos LGBT, y que dañan a un ingente número de nuestros conciudadanos. Jamás hemos escuchado a ningún enfervorecido líder “evangelical” enarbolar de manera furibunda un ejemplar de la Biblia para condenar la explotación salarial de grandes sectores de la población trabajadora, para maldecir las políticas fallidas de empleo o de ayuda social trazadas por los gobiernos de turno, o para anatematizar los desahucios que muchas familias injustamente depauperadas han vivido, y viven aún, aunque ya casi nadie haga caso de ello. Personalmente, se ganarían bastante de nuestro respeto esta clase de predicadores si, en vez de perder el tiempo buscando en sus biblias pasajes para enviar al infierno a personas cuya orientación sexual, no querida ni elegida ni buscada, les hace ser distintas, señalaran a los gobiernos y al entramado económico imperante su inhumanidad y les exigieran en nombre de Dios una reforma total de sus planteamientos en beneficio de las clases sociales menos favorecidas. Pero la triste realidad está ahí: de esto, ni mú.

En fin. Para qué continuar.

No podemos aplaudir, realmente, las manifestaciones provocadoras y agresivas de quienes pretenden reivindicar y casi imponer con calzador la realidad LGBT, pues hay otras formas de hacerse presente en la sociedad, si se buscan, y sin imposiciones; carece de sentido que quienes se quejan de maltrato acaben actuando de la misma manera.

Ni tampoco esas incitaciones al odio de las sectas fundamentalistas en relación con estas personas o con quienes, por circunstancias muy determinadas, las apoyan en sus reivindicaciones. Esa no es la actitud de los verdaderos cristianos.  

Lo que esperamos de verdad es que la cordura se imponga para todos, y en el caso concreto de quienes nos llamamos discípulos de Cristo, que se haga una realidad la presencia del Espíritu de Jesús, no el del odio ni del rechazo. Eso sí que es realmente demoníaco.