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Mar, Dic

EL CREYENTE Y SU BIBLIA

Comunión Anglicana
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Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga, Presbítero de la IERE.

Quienes profesamos la fe reformada tenemos a gala afirmar que las Sagradas Escrituras (la Santa Biblia) constituyen la base y el fundamento de nuestras creencias y nuestras doctrinas. Incluso aquellos que, como es nuestro caso particular en tanto que anglicanos o episcopales, concedemos a las sanas tradiciones de la Iglesia —entiéndase bien, aquellas que no se oponen a las enseñanzas bíblicas, ni las obstaculizan— y a la propia razón un peso importante en la teología y la praxis cristiana, colocamos siempre y por principio las Sagradas Escrituras en un lugar muy destacado, pues son ellas quienes tienen la última palabra en asuntos controvertidos o en la elaboración de declaraciones fundamentales.

De ahí que una de las tareas más importantes de la Iglesia, y más especialmente de su clero, consista en la debida instrucción bíblica de los creyentes, tanto los más jóvenes como los adultos. Por lo general, ello se ha venido traduciendo en la existencia de escuelas dominicales y sesiones de estudio bíblico en las diferentes parroquias, ya sea en las propias capillas o en domicilios privados, según las circunstancias.

En nuestros días, esta labor se vuelve cada vez más difícil, más delicada incluso, debido a la proliferación descontrolada de grupos y sectas de corte biblicista que hacen de las Sagradas Escrituras su bandera, pero leídas de un modo que no es apropiado, desbordando con mucho las pautas establecidas por la Reforma y sus continuadores, y cayendo en ocasiones en la trampa de un literalismo excesivo que conduce a graves errores, ya sea por dogmatismos severos o por rigorismos que rayan la inhumanidad. Nadie puede negar que el impacto de este tipo de entidades en el mundo cristiano es mayor del que podría parecer o desearse, y que, se quiera reconocer o no, tiene una influencia en el ámbito de los estudios bíblicos. De hecho, la multiplicación de publicaciones, vídeos, películas, programas radiados o televisivos sostenidos económicamente por esos ambientes, hace que incluso muchos creyentes de buena fe que conforman la membresía de las iglesias históricas admitan de manera inconsciente lecturas e interpretaciones de las Escrituras que no reflejan realmente las enseñanzas de los sagrados oráculos ni el propósito con que fueron redactados; aún diremos más: que no reflejan el propósito con que fueron inspirados, lo cual es grave.

¿Qué buscamos los creyentes de a pie en la Santa Biblia?, cabría preguntarse.

Debiéramos de buscar realmente la voluntad de Dios para nuestra vida y la vida de la Iglesia. Dicho de otro modo, debiéramos de buscar en ella el firme cimiento sobre el cual está edificado el cristianismo, es decir, a Jesucristo, sus enseñanzas directas, su obra, su Persona, en tanto que revelación máxima y más nítida de Dios.

Digámoslo con meridiana claridad, y sin pretender ofender a nadie ni suscitar polémicas absurdas: en las Sagradas Escrituras no hallamos ni relatos definitivos sobre el origen del mundo y del hombre, ni sobre la historia primitiva de nuestra especie, ni siquiera sobre la historia del antiguo pueblo de Israel o del Medio Oriente, áreas particulares del conocimiento todas ellas que requieren la ingente labor de especialistas en diversos campos y un tipo de documentación muy particular, no solo escrita. Y ni que decir tiene que no se encuentran en los capítulos y versículos de la Santa Biblia “mapas proféticos” del futuro, simples productos de fantasías desbordadas unidas a grandes dosis de desconocimiento, ni tampoco (¡atención al dato!) respuestas concluyentes a los grandes interrogantes de la vida humana. No nos brinda la Biblia una explicación real del origen del mal o de la muerte en nuestro planeta, así como tampoco se explaya en descripciones sobre la vida de ultratumba o el más allá; las pinceladas que muestra sobre estos asuntos vienen opacadas, entre otros detalles, por el lógico recurso al lenguaje mítico que sus autores se veían obligados a emplear, y que ya no es el nuestro. Por otro lado, en ningún momento nos aportan las Sagradas Escrituras modelos sociales perfectos que debamos imitar, ni en lo referente a la propia familia, ni en lo que concierne al estado o a las instituciones. En vano han buscado muchos creyentes el modelo de la llamada “familia cristiana tradicional” en las páginas de la Biblia, para encontrarse con la decepción de que tal modelo no es en realidad escriturístico, sino del Derecho Romano, con todo lo que ello puede conllevar. Por no decir que la propia imagen de Dios viene, en ocasiones, revestida en los sagrados textos de un primitivismo y una rudeza que hoy nos sorprenden y nos disgustan hasta el extremo de producir un grave daño moral.

Ya lo hemos dicho: es la Persona, la obra y la enseñanza de Jesús de Nazaret lo que culmina la instrucción de las Sagradas Escrituras para los creyentes, permitiéndonos, no solo aprender unos ideales de vida que representan realmente el propósito divino para el ser humano en este mundo, sino también dándonos la clave interpretativa de todo el resto. El magnífico conjunto teológico-literario al que damos el nombre de Antiguo Testamento reviste para nosotros un enorme valor en la medida en que supone una preparación, o como algunos han dicho, una propedéutica para el evangelio. Ello no obsta para que, además, sepamos leer en sus capítulos y versículos el testimonio de la fe del antiguo Israel —no del judaísmo posterior, que es otra historia—, la reflexión que realizaron sus hagiógrafos, sacerdotes y profetas acerca de su propia esencia como pueblo de Dios. Algo similar podríamos decir del Nuevo Testamento, por ejemplo de su riquísima literatura epistolar, culminada por el Apocalipsis, que es, en realidad, un mensaje destinado a siete comunidades muy bien delimitadas por su autor, o incluso de los propios Evangelios y el libro de Hechos; en toda esta magna producción de calidad insuperable encontramos, amén de aplicaciones muy concretas para momentos y lugares muy específicos, y por ello intransferibles a nuestro mundo o a la Iglesia de hoy, enfoques muy peculiares, y no siempre concordantes, acerca de Cristo o de su mensaje, pero sí enriquecedores, mucho más que datos históricos precisos o “pruebas irrefutables” de la veracidad de ciertos acontecimientos.

Los creyentes cristianos buscamos a Cristo en las Escrituras, hemos de querer buscarlo; ese Cristo del que escuchamos hablar cada domingo (u otros días) en nuestros púlpitos, y cuyo Cuerpo y Sangre nos son distribuidos en la celebración Sacramental. Los creyentes cristianos queremos saber siempre más de él, vivir conforme a sus enseñanzas, ser para los demás una luz, un consuelo y una permanente revindicación en medio de las tinieblas, el dolor y la deshumanización permanente que vivimos en este mundo. Y eso se encuentra básica y fundamentalmente en las Santa Biblia.

Personalmente, estamos convencidos de que las Escrituras constituyen un regalo, un don de enormes proporciones que la Divina Providencia ha dispensado a la Iglesia universal, máxime teniendo en cuenta que esta nació sin ellas y sin ellas se desarrolló durante los primeros siglos (¡el Nuevo Testamento no existía cuando la Iglesia inició su andadura! Y el Antiguo no estaba disponible para todo el mundo). De ahí su inconmensurable valor, tan bien resaltado y señalado por la Reforma. De ahí también la máxima reverencia y el máximo respeto con que deben ser leídas y utilizadas, tanto por clérigos como por laicos, tanto en la devoción privada como en la pública.

 

Nunca se dirá lo suficiente acerca de la imperiosa necesidad de una lectura y un estudio serios de las Sagradas Escrituras en la Iglesia, en el hogar y en el seminario, sin concesiones a literalismos ni fanatismos de ningún tipo, vengan de donde vengan, con la única finalidad de que Cristo sea realmente el centro de nuestra existencia como creyentes individuales y como comunidad de discípulos que siempre esperan a su Señor.